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Muro de Honor – Ignacio Ramírez

Escritor, poeta, periodista de combate, abogado, político e ideólogo liberal. Ignacio Ramírez Calzada, mejor conocido como El Nigromante, nació en San Miguel el Grande, hoy San Miguel de Allende, Guanajuato, el 23 de junio de 1818. Fue hijo de don Lino Ramírez y de doña Sinforosa Calzada, indígenas.

Inició sus estudios en Querétaro, ciudad natal del padre, y en 1835 fue llevado al Colegio de San Gregorio, en México, donde estudió artes. En 1841, comenzó estudios en jurisprudencia y en 1845 obtuvo el grado en la Universidad Pontificia Nacional. Ingresó a los 19 años de edad en la Academia Literaria de San Juan de Letrán, integrada por los hombres más ilustrados de la época. Es célebre en los anales literarios de México la presentación de Ramírez en dicha Academia, donde leyó un discurso sobre un tema tan controversial que entonces hizo el efecto de una explosión de dinamita. Ahí expresó: No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos. Fue aceptado no obstante las protestas que causó su tesis tan revolucionaria y el discurso que petrificó de estupor a la asamblea. Sin embargo, sería exaltado como el primer orador y más tarde como el mejor escritor de su tiempo.

Se inició en el periodismo en 1845, al fundar con Guillermo Prieto y Vicente Segura la publicación periódica Don Simplicio, firmando sus artículos con el seudónimo El Nigromante.

Sus colaboraciones se distinguieron por ser flameantes artículos y agudos versos satíricos en donde hacía una terrible censura a los actos del gobierno conservador, lo que provocó que el periódico fuera suprimido y Ramírez encarcelado.

En 1846, fundó el Club Popular, donde divulgó sus ideas liberales avanzadas en materia de reforma política, económica y religiosa, por lo que estuvo otra vez en prisión. Al obtener la libertad, el gobernador del Estado de México, admirador de los talentos de Ramírez, lo invitó para organizar su gobierno y éste correspondió trabajando día y noche en la reconstrucción administrativa y también en la defensa del territorio nacional invadido por los norteamericanos. Para predicar con el ejemplo, asistió con el gobernador Olaguíbel a la batalla de Padierna; y a pesar de los gastos que demandaba la guerra, restableció el Instituto Literario de Toluca, donde libre de la invasión la República, Ramírez fue catedrático de derecho y de literatura, pero los padres de familia a pesar de la irreprochable conducta de Ramírez en su vida íntima, alarmados por sus ideas liberales intrigaron hasta lograr su separación.

Entre fines de 1848 y principios de 1849, Ignacio Ramírez fue jefe político de Tlaxcala.

A fines de 1851, arribó a Sinaloa donde ya se encontraba su hermano Miguel Ramírez.

En 1852, el gobernador de Sinaloa Plácido Vega promovió su candidatura a diputado federal por esta entidad, defendiendo el liberalismo en el Congreso de la Unión. A su regreso a Sinaloa, fue secretario del general Plácido Vega, sostuvo enérgicamente la extinción de las alcabalas propuestas durante el gobierno de Pomposo Verdugo. Posteriormente Ramírez viajó a Baja California donde descubrió la existencia de zonas perlíferas y canteras de mármol, sobre las que escribió brillantes artículos que revelaron aquella riqueza.

En 1853, se fue a radicar por un tiempo a la ciudad de México. Por sus críticas a Antonio López de Santa Anna permaneció once meses en prisión, la mayor parte del tiempo encadenado. Al triunfo de la Revolución de Ayutla fue liberado y fungió como secretario personal de don Ignacio Comonfort; al advertir que Comonfort falseaba sus principios liberales, renunció a su puesto para afiliarse con Benito Juárez, Melchor Ocampo y Guillermo Prieto en el partido liberal y combatir con su pluma al renegado.

Regresó a Sinaloa como juez civil, pero volvió a la capital del país como diputado por nuestro estado al Congreso Constituyente de 1856_1857, donde fue el más notable orador y una de las más grandes figuras del ala izquierda jacobina; fue además miembro de la Comisión de Revisión de Credenciales; su suplente fue don Ramón Isaac Alcaraz, reconocido literato y liberal. Los otros dos diputados propietarios que representaron al estado de Sinaloa fueron los licenciados Antonio Martínez de Castro y Mariano Yáñez. Cabe mencionar que en la Historia del Congreso Constituyente, obra de don Francisco Zarco, el licenciado Ignacio Ramírez ocupó un altísimo lugar como orador parlamentario y líder del radicalismo.

Asimismo, El Nigromante participó en la elaboración de las Leyes de Reforma, siendo uno de los liberales más puros. Al ser derrotados los conservadores, el presidente Benito Juárez lo nombró Secretario de Justicia e Instrucción Pública, cargo que desempeñó del 21 de enero al 9 de mayo de 1861. Durante su gestión creó la Biblioteca Nacional y unificó la educación primaria en el Distrito Federal y territorios federales. Del 19 de marzo al 3 de abril de 1861 ocupó la Secretaría de Fomento. Asumió la responsabilidad de la exclaustración de las monjas; reformó la ley de hipotecas; hizo efectiva la independencia del Estado de la Iglesia; reformó el plan general de estudios; dotó con equipo los gabinetes del Colegio de Minería; seleccionó un excelente cuadro de profesores de la Academia de San Carlos; salvó cuadros de pintura que existían en los conventos, con los cuales formó una rica colección y formó una galería completa de pintores mexicanos; designó a los pintores Clavé, Cavalari y Sojo para que salvaran del Colegio de Tepozotlán los tesoros de arte en arquitectura, pintura, tallado e incrustaciones que contenía aquel magnífico Museo. La honradez de Ramírez fue acrisolada, pues cuando fue Ministro pasaron por sus manos millones de pesos y nadie osó decir que se hubiera apropiado lo más mínimo de los tesoros que manejó. No tomó jamás ni un solo libro de los millares de volúmenes sacados de las bibliotecas de los conventos, ni una pieza de los centenares de cuadros extraídos de los claustros. No insinuó ni aceptó la menor recompensa por sus persecuciones y miserias que pasó por largos años, ni se adjudicó la más pequeña propiedad para pasar holgadamente el resto de sus días.

En Puebla, trabajó en la desamortización de los bienes del Clero y en septiembre de 1861 fue electo presidente del Ayuntamiento de la ciudad de México.

Durante la guerra de intervención, combatió a los franceses en Mazatlán. En el período de 1863 a 1865, mantuvo correspondencia con Guillermo Prieto, la que posteriormente se publicaría como Cartas a Fidel. En noviembre de 1864, residiendo en Sinaloa, defendió a presos políticos y escribió para La Opinión y La Estrella de Occidente, hasta que fue desterrado a Estados Unidos.

Regresó a México antes de la caída de Maximiliano y fue encarcelado en San Juan de Ulúa y posteriormente en Yucatán.

El Congreso de la Unión lo nombró Magistrado de la Suprema Corte de Justicia, cargo que ejerció durante doce años. De ese puesto no se separó sino al ser llamado por el Presidente Porfirio Díaz, después de la batalla de Tecoac, para hacerlo Ministro de Justicia e Instrucción Pública, puesto que desempeñó pocos meses y por dos ocasiones, la primera del 28 de noviembre al 6 de diciembre de 1876, y la segunda del 17 de febrero al 23 de mayo de 1877. Después, regresó a ocupar el cargo de Magistrado de la Suprema Corte de Justicia, hasta su muerte registrada en la ciudad de México el 15 de junio de 1879.

Si hay en los anales de nuestra vida pública un hombre que pueda llevar dignamente el nombre de mexicano ilustre, es don Ignacio Ramírez El Nigromante. Su rectitud vinculada a su modestia no lo dejó que asumiera el papel de caudillo para deslumbrar a las multitudes, sino que permaneció siempre en una atalaya desde la que dominó todo, como un general en un campo de batalla, y su misión fue la de un mentor que señala la línea recta a todos los destinos humanos que le rodean, el de consejero que examina las responsabilidades de quien ha de firmar los decretos, y cuando su conciencia está segura de haber dado una solución recta que su amigo debe respaldar con su firma, lleva a la sanción pública un dictado trascendental que siempre ha acertado, como en el caso de Ramírez. Caso único. Su obra está en pie, sus resoluciones no han sido abatidas por doctrinas contrarias ni por hechos contrarios a su doctrina. Porque en verdad era una conciencia libre, un hombre de buena fe, una voluntad indomable siempre al servicio de la humanidad, un paladín de la verdad y de la justicia que obraba siempre con rectitud, cayera quien cayera. Tenía el temple de don Benito Juárez, Melchor Ocampo y de don Santos Degollado.

Como escritor fue el mejor prosista y más alto poeta de su tiempo. Cada época tiene su escritor representativo, y Ramírez es quien representa a las letras en la época de la Reforma al triunfo de la República. Nadie más alto que él, pues Altamirano, ya célebre, se complacía en llamarle su maestro.

La Secretaría de Fomento publicó en dos tomos la obra dispersa de Ramírez que pudo encontrarse en periódicos revolucionarios; pero con lo publicado, que no es una selección porque todo lo que escribió era selecto, basta para proclamar que Ignacio Ramírez es uno de los altos representativos de las letras mexicanas y digno de ocupar su puesto en la Rotonda de los Hombres Ilustres Mexicanos, en la ciudad de México.

Mediante el decreto número 56, publicado en el Periódico El Estado de Sinaloa, número 18 de 14 de febrero de 1957, el Congreso del Estado de Sinaloa declaró Benemérito del Estado al ciudadano Licenciado Ignacio Ramírez, asimismo acordó se escribiera con letras de oro en el Salón de Sesiones del Palacio Legislativo la siguiente inscripción: “Lic. Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, Constituyente del Estado de Sinaloa._ 1857.” Una calle de la ciudad de Culiacán lleva su nombre.