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Muro de Honor – Antonio Rosales

Poeta, periodista y militar. Afirma su primer y más importante biógrafo del siglo pasado, el historiador sinaloense Francisco Javier Gaxiola, que Antonio Rosales, «independientemente del triunfo de San Pedro [batalla en donde derrotó a los franceses el 22 de diciembre de 1864], es una de las personalidades más enérgicas de la historia de México.»

José Antonio Abundio de Jesús Rosales Flores nació en Juchipila, Zacatecas, el 11 de julio de 1822.

-Fe de Bautismo-Yo, el Ber. Dn. Narciso Bustamante, cura propio de esta parroquia de Juchipila, bauticé solemnemente en esta santa iglesia parroquial a José Antonio Abundio de Jesús, que nació el once del corriente a las diez de la noche, hijo legítimo de don Apolonio Rosales y doña Vicenta Flores. Abuelos paternos: don Justo Rosales y doña Josefa Serrano; abuelos maternos: don Nicolás Flores Alatorre y doña Josefa Carrillo, padrinos don Pablo Núñez y doña Teodosia Flores Alatorre, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual.

Al finalizar la instrucción primaria en el estado de Zacatecas, el joven Antonio Rosales fue enviado por sus padres para continuar los estudios de secundaria en el Seminario de Guadalajara donde estudió latinidad, filosofía y derecho, mostrando entonces a sus maestros vocación de escritor y poeta. Sin embargo, no prosiguió los estudios pues ingresó a la Guardia Nacional en 1846 para combatir contra los invasores norteamericanos en la frontera Norte.

Al terminar el conflicto armado, regresó a Guadalajara donde fundó el periódico liberal «El Cantarito». Nos dice Francisco Javier Gaxiola que Rosales entonces se distinguió como «un periodista independiente y viril, en la época en que las convicciones liberales y los arrestos antigobiernistas no tenían más recompensa que la cárcel, ni más estímulo que el flojo aplauso de tibios correligionarios y el entusiasta elogio de exaltados reformistas». En 1851, fue encarcelado por sus ideas; al ser puesto en libertad viajó al puerto de Mazatlán en plena dictadura santanista, cuando el general Miguel Blanco gobernaba militarmente el Departamento de Sinaloa.

En Culiacán, se desempeña después como director del Periódico Oficial y como Secretario Interino de Gobierno (1856 – 1857), teniendo el grado de coronel, en el año de 1857.

Durante la Guerra de Reforma combatió a los conservadores. De octubre de 1864 a mayo de 1865, en plena guerra de Intervención Francesa, asumió el mando militar y político del Estado. Antonio Rosales, expidió una proclamación en el puerto de Mazatlán en su calidad de Gobernador y Comandante Militar de Sinaloa en el año de 1864, en la que dijo:

Tomaré para la guerra los recursos estrictamente necesarios, sin entrabar en nada el movimiento industrial y comercial.

El patriotismo se provoca dando ejemplos de probidad y abnegación en los puestos públicos, y de arrojo y valentía en los campos de batalla.

Mi principal objeto será la guerra; la guerra sin tregua contra los que intentan degradarnos a los ojos del mundo civilizado. Entre morir y ser esclavo, no puede titubear un alma elevada.

Si la suerte de los combates no nos destina a ver la patria emancipada de toda presión extranjera, prefiramos en el sepulcro el sueño de los valientes, a cuyos oídos no llega el ruido de las cadenas de la esclavitud.

El 22 de diciembre de 1864, venció a los invasores franceses en la batalla de San Pedro, pueblo cercano a Culiacán.

Al rendir el parte militar a sus superiores el Coronel Rosales escribió lo siguiente:

«El día 22 del corriente las armas nacionales han alcanzado un triunfo completo sobre la sección francointervencionista, que el puerto de Mazatlán se destinó para la ocupación de esta ciudad. El pueblo de San Pedro, situado a 4 leguas al poniente de Culiacán, ha sido teatro de un hecho de armas, que evidencia lo que es capaz de hacer el soldado mexicano, cuando se le condice al combate, persuadiéndolo que defiende el decoro de su Patria. La brigada de Sinaloa, compuesta de poco menos de cuatrocientos hombres, a mi inmediato mando, batió y derrotó a un cuerpo de quinientos hombres, franceses y mexicanos intervencionistas. Después de más de dos horas de combate sangriento, se obtuvo por la tropa de mi mando el aprisionamiento de noventa y ocho franceses y argelinos, y casi el doble número de intervencionistas. Entre los franceses prisioneros se encuentra el comandante del vapor de guerra francés «Lucifer», Gazielle, jefe de la expedición y siete oficiales subalternos. El material de guerra tomado al enemigo consiste en dos piezas rayadas de artillería, su parque y armas. La aprehensión de los fugitivos es más que probable y entre ellos van el ex general mexicano Domingo Cortés y el comandante de batallón Jorge Carmona, que huyeron al comenzar la acción. En el campo de batalla el enemigo dejó 26 muertos y 25 heridos franceses y un número considerable de traidores.

Los prisioneros mexicanos, todos de clase de tropa, viniendo como forzados, han sido perdonados e incorporados a la brigada. La nación tiene que deplorar la muerte del valiente capitán C. Fernando Ramírez y de muchos buenos soldados, que en un combate, en todos sentidos desventajoso, se han sacrificado por su patria. En oficio separado comunicaré el detalle correspondiente. Todos los jefes y oficiales que en esta jornada militaron bajo mis órdenes, se batieron con extraordinario denuedo y entusiasmo, haciéndose dignos de los mayores elogios. Pronto haré la mención honorífica que cada uno merece por los servicios distinguidos que presentaron, haciéndose acreedores al reconocimiento de la República y a la consideración del Supremo Gobierno. Entretanto, recomiendo a Ud. muy especialmente al C. coronel Joaquín Sánchez Román, mi segundo en jefe, al C. comandante de batallón, mayor de órdenes, Francisco Miranda, al C. comandante del batallón «Mixto», Jorge García Granados, que se halla gravemente herido, y al comandante de batallón graduado, capitán del mismo cuerpo, C. Lucas Mora. Y tengo la honra de comunicar a Ud. tan fausta noticia, para que se digne ponerla en el conocimiento del C. Presidente de la República, acompañándole con el mismo fin varios de los documentos interesantes que se encontraron al enemigo, copia de las listas de los prisioneros, y las cartas que Cortés y Carmona me dirigieron poco antes del combate, incitándome a someterme a la intervención».

¿Cómo era en esos años Antonio Rosales?, su contemporáneo el escritor y maestro José Rentería, contesta la interrogante en su libro Estudios y Recuerdos, publicado en 1892, y lo describe así:

Enjuto de carnes, rígidos músculos, de mediana estatura como Ciro, como Alejandro, como César; velludo hasta las manos, el pecho un tanto hundido, angostas las espaldas, coronado su busto de una cabeza correcta, con rostro anguloso, de expresión severa y frente de inspirado, brillando en su viva mirada por momentos la ira y la generosidad por horas. Impaciente, obstinado, fiero y tan altivo, que jamás habría bajado a especulaciones vergonzosas y habría sido siempre probo hasta en épocas de administración corrompida. Contundentes y copiosas sus palabras, desdeñaba la metafísica y era, sin embargo, apegado a la dialéctica de Aristóteles, ergotista de fuerza. En la batalla es el impetuoso adalid y no el capitán severo que mide y calcula. Descollando por su actitud altanera, dominante con su voz atronadora; muy enardecido con el silbar de las balas, el piafar de los caballos y el humo de la pólvora, va y viene entre las fuerzas, y rápido se multiplica hallándose siempre donde la acción se compromete.

Dimitió a la gubernatura en favor del general Ramón Corona y éste, a su vez, trasmitió el poder a Domingo Rubí. Molesto por tal acto, se retiró al norte de la entidad para combatir a Rubí. En esa región contribuyó a rechazar a los galos que habían entrado por Guaymas, luego recorrió el río Mayo tratando de calmar a los indios que estaban en pie de guerra. Una tropa imperialista los obligó a regresar a Sinaloa.

El 23 de septiembre de 1865, Rosales volvió a Álamos, Sonora y el día siguiente perdió la vida en un enfrentamiento contra indígenas aliados con los imperialistas.

El general Antonio Rosales fue declarado Benemérito del Estado, según decreto expedido el 10 de octubre de 1865, por el gobierno encabezado por el general Domingo Rubí.

Por su parte, el Congreso del Estado de Sinaloa expidió en Mazatlán el 20 de septiembre de 1868, un decreto _aún vigente_ por medio del cual la ciudad de Culiacán en lo sucesivo llevará el nombre de «Culiacán Rosales» y acuerda además se realice una feria anual, que comenzará el 18 y terminará el 25 de diciembre, con el fin de conmemorar el triunfo obtenido en San Pedro por el general Antonio Rosales.

Además, el Congreso del Estado aprobó en su honor una ley que establece un colegio de instrucción secundaria intitulado «Liceo Rosales» [Hoy Universidad Autónoma de Sinaloa], según Decreto número 32, expedido en Mazatlán, capital del Estado el 27 de diciembre de 1872 y publicado en el Periódico Oficial el 22 de febrero de 1873.

Asimismo, se expide la ley que dispone que en el Pueblo de San Pedro, donde tuvo verificativo la batalla librada contra los invasores el 22 de diciembre de 1864 por el general Antonio Rosales, se levante un monumento conmemorativo de esa jornada y en la Plaza que lleva su nombre en Culiacán. Decreto 31, 15 de diciembre de 1890.

Igualmente, el Congreso del Estado aprueba la ley que autoriza al Ejecutivo para que con cargo a la partida 35 del Presupuesto de Egresos, erogue el gasto necesario para la fundición en bronce de una estatua que represente al insigne general Antonio Rosales, Decreto 86, de 15 de febrero de 1892.

El 15 de septiembre de 1898, se develó una estatua ecuestre del general Antonio Rosales en el Paseo de la Reforma en la ciudad de México.

En 1921, el Congreso del Estado faculta al Ejecutivo para que contribuya con la cantidad de mil pesos de los fondos públicos, para la erección de un monumento sobre el lugar histórico en que el general Antonio Rosales venció al extranjero en San Pedro, Sinaloa.

En 1964, se declaró en el Estado de Sinaloa, «Año Antonio Rosales», según Decreto 168, publicado en el Periódico Oficial No. 33 de 17 de marzo de 1964.

Finalmente, se declaró día de luto en el estado el día 24 de septiembre, aniversario de la muerte del general Rosales, según Decreto 298, publicado en el Periódico Oficial No. 109 de 11 de septiembre de 1965.

Calles en las ciudades de Los Mochis, Culiacán y Mazatlán llevan su nombre, al igual que la plazuela frente al edificio Rosales en Culiacán.